Cuando se acaba el pánico

Cuando Monete tenía tres meses, fui a sacar la basura al descansillo y una corriente de aire me dio con la puerta en las narices.

Me encontré sin llaves, sin móvil, y con una criatura haciendo ruiditos al otro lado de la puerta. Papá Monete estaba trabajando.

La situación me parecía tan ridícula que me quedé unos segundos paralizada, y luego me entraron ganas de reírme. Por no llorar, claro.

Bajé a toda prisa en busca del portero, que, afortunadamente, se lo tomó como una ocasión de demostrar su heroísmo.

Subió corriendo a su casa y vino con la clásica radiografía a intentar abrir la puerta. Varios golpes y empujones después tenía a los tres perros ladrando como enajenados, una cierta tranquilidad al comprobar que mi portero no podía asaltar mi casa ni siquiera cargado de buenas intenciones, y una terrible sensación de estar perdiendo el tiempo.

Llamé a Papá Monete desde el móvil del portero. Milagrosamente, es de las pocas veces que pude recordar su número de memoria, aunque no así el de los amigos que tenían copia de nuestras llaves (gracias, cerebro, por retener no obstante toda mi agenda de 5º de Primaria, con sus teléfonos fijos: tienes un sistema de filtrado de lo más eficiente). Pero por pronto que quisiera llegar a casa, sería media hora.

Media hora parecía una eternidad en la vida de una criatura de tres meses.

Afortunadamente, hay un cerrajero justo al otro lado de la calle, cosa que yo no sabía pero mi portero, que cruzó corriendo como si le fuera la vida en ello, sí.

Desafortunadamente, el cerrajero había salido a un aviso y no estaba en la tienda.

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Me senté en el portal esperando verle pasar (como si yo supiera quién era el cerrajero: no sé cómo esperaba distinguirle) y llorando a más no poder.

El camarero del bar del portal, que tiene una hija de unos pocos meses más que Monete, salió a preguntar qué me pasaba e intentar tranquilizarme. «Bueno, pero al menos está dormido». «Mmmm, no, estaba empezando a llorar cuando se cerró la puerta». «Oh, entonces no te puedo decir nada».

Al menos me miraba con compasión y preocupación, mientras yo me flagelaba con lo terrible que era como madre y la herida irreparable que se estaba creando en la memoria de mi bebé.

Diez minutos después, el cerrajero estaba abriendo la puerta de mi casa. Había sido el rato más largo de mi vida. Salí escopeteada por el pasillo, cogí a Monete en brazos, e inmediatamente se acurrucó, se calmó y dejó de llorar.

«Vaya, pensaba que iba a estar más asustado», dijo el cerrajero. «Se ha calmado enseguida».

Entonces, solo entonces, pude dejar de ponerme en lo peor y decirme «claro: sabía que iba a volver. Porque lo estoy haciendo bien».

Las catástrofes son más pequeñas de cerca

Me acuerdo de esto dos años después como si hubiera sido ayer, por esa capacidad tan curiosa del cerebro puérpero de grabar a fuego los recuerdos intensos; pero también porque acabo de quedarme con el picaporte de la puerta del descansillo en la mano mientras intentaba abrirla.

Durante meses, bromeamos con que teníamos al cerrajero en marcación rápida: tuvimos que llamarle otras dos veces en muy poco tiempo (otro despiste y una cerradura rota). Hoy quizá le habría vuelto a llamar… si no fuera porque tenía el móvil dentro, otra vez (solo había bajado un momento).

He respirado hondo, he recordado que tenemos herramientas en el recibidor, he desmontado la cerradura entre ladridos y he vuelto a entrar en casa.

Y me he acordado de cómo después de aquella vez empecé a tener mucha más seguridad en la confianza que Monete tenía en nosotros, y muchos de mis miedos desaparecieron.

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¿Os acordáis de la primera vez que se cayó vuestro bebé?

Me pasó exactamente igual cuando Monete empezó a gatear y trepar. Vivía obsesionada con que no se cayera del sofá. Casi no me atrevía a parpadear por si le perdía de vista.

Y un día, zas, se lanzó como un saltador de trampolín. Y no llegué a cogerle. Y se cayó por primera vez.

Se asustó, lloró, le consolé. Le salió un chichón, aunque tampoco fue espectacular. Le estuvimos vigilando, por si acaso. Por supuesto, durante las siguientes 48 horas siguió trepando, dándose cabezazos contra las paredes e intentando lanzarse de cabeza de cualquier otro sitio, porque es lo que hacen los bebés.

Y por supuesto que durante un buen rato me sentí un desastre. No paraba de pensar en las broncas que le había echado a Papá Monete por no estar más atento, para que, al final, fuera bajo mi cuidado cuando se cayera.

Pero desde ese momento, en cierto modo, dejé de tener pánico. Cuidado sí, claro. Miedo a que le pase algo también, no creo que me abandone nunca. Pero me sentía capaz de controlar la situación, de prevenirla, de afrontarla si llegaba a suceder. Era mucho más capaz de poner el riesgo en perspectiva.

Has llegado hasta aquí. Vas a poder seguir

Verme desmontando la cerradura con total tranquilidad después de una semana estresante con el lanzamiento de mi escuela, de estar peleando con los efectos secundarios de una nueva medicación, de haber vuelto a terapia y de preocupaciones familiares me ha sorprendido.

Pero es que en ningún momento he dudado de que fuera a ser capaz de entrar en casa. Porque es la cuarta vez que me quedo fuera y al final siempre se resuelve de un modo u otro.

Y es que así funcionan las cosas. Cada vez que nos enfrentamos a una situación nueva que nos parece aterradora descubrimos que no era insuperable, ponemos a prueba nuestras habilidades y aprendemos otras diferentes que nos pueden ayudar la próxima vez.

Cuando nació Monete pensé que no sería capaz de entender su llanto y calmarlo. Cuando empezó la alimentación complementaría creí que nunca conseguiría que comiera solo. Cuando empezó a ir en bici y a correr y saltar creí que no sabría callar mis miedos para que jugara con la libertad que necesitaba.

Pero he podido.

Estamos al principio de un camino muy largo y nos queda mucho a lo que enfrentarnos. Pero cada enigma, cada preocupación, cada problema que vamos resolviendo me recuerdan que soy capaz. Que lo estoy haciendo bien. Y que puedo seguir haciéndolo.