Del puerperio también se sale

Nos hablan de la cuarentena y creemos que el posparto es eso. Luego nos pasamos muchos meses en una extraña nebulosa, y descubrimos la profundidad y duración del puerperio real. Y de pronto, la niebla se disipa y te preguntas, ¿y ahora qué?

¿Cuánto dura el puerperio?

Esta pregunta me encanta porque creo que nos conecta a la perfección con la enorme ignorancia que tenemos respecto a la psicología perinatal. Nos preparan poco para el posparto, ahí estamos todas de acuerdo, pero cuando empezamos a comentarlo hablamos de la falta de sueño, de los problemas para establecer la lactancia, del dolor, de los puntos, de las hormonas.

Y el puerperio va bastante más allá. Cada vez estamos más familiarizadas con el concepto de exterogestación y la idea de «9 meses dentro, 9 meses fuera«.

Pero, ¿cuántas de vosotras sentíais que esa etapa había acabado cuando vuestro bebé cumplió nueve meses? Yo, desde luego, ni de lejos.

Conforme las criaturas comienzan a moverse de forma autónoma, su universo se amplía, y la diada madre-bebé empieza a poder mirar hacia fuera de esa extraña unidad que han conformado. Pero esa mirada ya no es la que era.

El mundo, a mí, me ha estado pareciendo un lugar muy extraño desde que fui madre. No soy capaz de quitarme esas gafas y volver a ver las cosas como las veía. Y, como con cualquier par de gafas, hay que adaptarse. Poco a poco.

Noah Buscher

La irrupción del empleo en el puerperio

Todo esto se dice muy rápido cuando miras solo desde la relación madre-bebé, pero en el mundo en el que vivimos, muchas veces, es algo que queda en el último lugar. Cuando te reincorporas al trabajo te estás pidiendo dividirte: profesional por la mañana, mamá por la tarde.

Francamente, a mí ese cambio de rol me genera muchísimos conflictos. La disposición mental que necesito para trabajar es totalmente opuesta a la que necesito para estar plenamente con Monete.

Leía en Twitter estas semanas a algunas madres dando por cerrado el puerperio cuando la relación con el bebé empieza a ser verbal, porque se transforman muchas cosas; imaginad hasta qué punto puede resultar incompatible trabajar en comunicación con sumergirte en una relación no verbal.

He tenido la suerte, en ciertos sentidos (en otros no me ha sentado nada bien, la verdad) de poder bajar el ritmo laboral, parar proyectos, trabajar desde casa la mayoría del tiempo, y poder centrarme en la crianza durante casi dos años. Pero llega un momento en que las fechas de entrega y los saldos bancarios empiezan a asomarse continuamente por la puerta pidiendo un poquito de atención.

Ya conté por aquí que Monete había empezado la guarde y que la adaptación había ido muy bien; aunque, tal y como anticipasteis, las siguientes semanas fueron un caos de virus, rutinas alteradas, falta de sueño, comidas caóticas y muchas ganas de llorar. No se libra nadie.

Pero ya en ese post anticipaba que me costaba «volver a estar» con Monete; y es que ahora que consigo la disposición mental que requiere mi trabajo, con la que me cuesta conectar es con la que permite sintonizarse con el bebé. Durante estos meses, me ha costado lidiar con la culpa de «querer separarme» de Monete; no tanto físicamente, sino a nivel íntimo; querer»desconectar» de su existencia para concentrarme en otras cosas.

No pretendáis leer para una tesis mientras cuidáis de vuestro bebé. Os aseguro que estoy a un par de capítulos de dedicarle la mía a Peppa Pig.

Afortunadamente, como todo en la crianza, a fuerza de practicar cada vez me cuestan menos esas transiciones, e incluso vuelvo a planificar tardes de combinar roles, aunque sepa que el resultado final es un desastre.

Pero en fin, el equilibrio va apareciendo y poco a poco disfruto más del tiempo con él, del tiempo sin él, y de todo lo que aporta ese contraste.

¿Quién soy yo ahora?

La cuestión es que ese contraste te hace plantearte muchísimas cosas. Estos días hablaba con un amigo, colega del sector, sobre la intensidad del ritmo de trabajo, y le dije «Este hamster se ha dado cuenta de que la rueda no se mueve y ahora está hasta el hocico de correr sin parar».

Nijwam Swargiary

Leía un artículo esta semana sobre lo normal que es estar mal en el puerperio, que hablaba de la exigencia que se impone a las madres para «recuperarse».

La verdad es que no creo que sea cuestión de tiempo. Yo, sinceramente, espero no recuperarme nunca.

Claro que estoy disfrutando de poder volver a investigar, algo que me resultaba imposible con el «baby brain», que me limitaba mucho la capacidad de construir pensamientos abstractos complejos.

Claro que me tranquiliza volver a sentirme cómoda en mi cuerpo, a reconocer estos nuevos contornos; y claro que estoy deseando trabajarlo algo más para volver a sentirme «algo» fuerte.

Claro que estoy deseando volver a ver con más frecuencia a mis amistades, a las que he echado mucho de menos en estos años de malabarismos para aprovechar cada minuto.

Claro que me apetece que Monete descubra cosas, con y sin mí, para que luego pueda venir a contármelas y compartir conmigo las que quiera.

Pero también me gusta mucho esta nueva versión de mí que tiene las prioridades en otro orden totalmente diferente, que valora de sí misma atributos que antes despreciaba, que conecta con las demás personas de una forma nueva que antes, seguramente, no escuchaba.

Hay muchas cosas de mi-vida-antes-de-ser-madre que ahora encajan muy a trompicones. Seguramente ahora que asomo la cabecita fuera de esta niebla puérpera después de dos años ricos, densos, cálidos, pero muy confusos, haya que hacer limpieza. Pero me apetece mucho descubrirme tal y como soy ahora: todo lo que fui, pero también madre, esa cualidad que tiende a impregnarlo todo. A ver a dónde me lleva.