Nuestro proceso de adaptación a la guardería

Hace unas semanas que, mediante la ayuda inestimable de unas fabulosas hadas madrinas, Monete ha podido empezar a ir a la guarde.

Está siendo un proceso agridulce, como casi todos en esto de la maternidad y la crianza.

Afortunadamente desde hace unos años se tienen bastante más en cuenta las necesidades de las criaturas y se contemplan periodos de adaptación a este cambio… pero no nos engañemos: nos estamos teniendo que adaptar todos, no solo él.

Adaptación #1: Reconocer que necesitas la guarde

Durante estos años, llevarle a una guardería no entraba en mis planes. Primero, porque soy una ingenua tremenda y me imaginaba que, siendo autónoma y trabajando habitualmente desde casa, no tenía ninguna necesidad. Después, porque me parecía tan chiquitín que me partía por la mitad imaginarme separándome de mi bebé tan pronto. Cuando nos denegaron la plaza en la pública, porque no nos salían las cuentas.

Ahora, que casi tiene dos años, ha pasado incluso una racha obsesionado con «el cole» (los cuentos, los dibujos…), yo necesito desesperadamente tiempo para trabajar a solas y hemos conseguido poder pagarle un espacio estupendo, respetuoso, cerca de casa… siento que es una traición política. Porque creo que no deberíamos necesitar llevar a criaturas tan pequeñas a ningún sitio tantas horas.

Pero, como en todo, toca mirar la realidad y compararla con el mundo que deseas y reconocer que las soluciones intermedias, nos gusten más o menos, a veces son imprescindibles para que el resto pueda seguir funcionando.

Joshua Eckstein

Adaptación #2: Ser capaz de estar sin Monete

Los primeros días, fui con él a la guarde y, aunque en un espacio concreto para no interferir con los demás, pude ver qué hacían, cómo disfrutaban, cómo jugaban, interactuaban, cantaban, leían…

Era precioso. Y el tercer día estaba hasta las narices, por supuesto.

Cuando por fin me dijeron que podía irme un ratito y recogerle en unas horas, salí de allí exultante. Un café tranquila, en la terraza, en silencio. Un rato para escribir, en casa, en soledad. Qué alegría. Qué maravilla.

Los últimos veinte minutos no paraba de mirar el reloj para ver cuándo podía ir a recogerle porque lo echaba de menos.

Si tienes hijos lo sabes: es ese poderoso «síndrome de Estocolmo» de «qué ganas tengo de estar un rato sin bebé» que en cuestión de minutos se transforma en «dónde está mi bebé y por qué no está conmigo». Ambivalencias de la crianza

Adaptación #3: Ser capaz de volver a estar con Monete

Al cabo de unos días, sin embargo, las tornas cambiaron.

Y es que una vez cogida carrerilla con esas mañanas estupendas y productivas, empecé a ver avanzar proyectos largo tiempo abandonados. La tesis empezaba a tener suficientes páginas como para parecerme factible terminarla este año. Mi nivel de autoexigencia laboral se multiplicó. Mi estándar de limpieza de la casa empezó a volver a subir.

De pronto, volvían a no cundirme las horas. Y las tardes, cuando salía de la guarde, y Papá Monete ya estaba en casa y podía quedarse con él como venía haciendo cuando yo no podía trabajar por las mañanas, tenía que pasarlas «terminando una cosita». Preparando algo. Pensando en no sé qué.

Una de esas tardes, Monete vino al despacho, me agarró de la mano, y me dijo «Mamá no baja: mamá salí jugá». Y, con esa capacidad que tienen las criaturas de ponernos en nuestro sitio, me recordó que me estaba dejando llevar por la vorágine.

Ahora no se trata de encontrar pequeños espacios para avanzar en los profesional y lo académico; ahora se trata de reservar horas intocables, sagradas, inamovibles, para estar con él al 100%, jugando, escuchándole, mimándole: porque la mitad del día lo pasa sin mí y me necesita mucho más presente la otra mitad.

Adaptación #4: La adaptación del sistema inmune

El sábado de su primera semana de guarde, Monete pasó la noche vomitando. El lunes, no hubo guarde. No contaba con esto y, metida en el marco mental que acabo de describir, de pronto parecía una tragedia. Se me instaló en la cabeza el «con todo lo que tengo que hacer».

Kelly Sikkema

Pasé el día mimándole, controlando lo que comía, vigilando la temperatura, y jugando, porque las criaturas tienen una energía inagotable y más allá de los llantos cuando vomitaba o de no querer comer, el bebé seguía corriendo con su moto pasillo arriba y abajo con bastante poco interés en colaborar para que pudiera lavar la ropa que se iba acumulando.

El martes, cuando sí pudimos llevarle a la guardería, cayó Papá Monete. Visita a urgencias. Un virus fulminante que en adultos sienta mucho peor: incapacidad de retener líquidos, fiebre alta. Mi suegra vino a echar una mano, mientras yo intentaba avanzar algo con el trabajo después de dos días de descoloque.

El miércoles, caí yo. Reconozco que pensaba que Papá Monete exageraba pero hace décadas que no me he encontrado tan mal. Y esa sensación tan de madre, la culpa, porque como buena autónoma no me concedo a mí misma el derecho a meterme en la cama cuando estoy enferma y es la primera vez en muchísimo tiempo que paso dos días en cama.

Los pantalones que me puse el lunes, se me caían ayer…. mientras recogía la diarrea del más grande de nuestros tres perros, que también ha caído.

Familias del mundo: las primeras semanas de guarde os espera un escenario muy parecido a este. No hagáis planes, de verdad. No tiene sentido.

Adaptación #5: Sobre lo de hacer planes…

Hoy, aún con temblores, con un principio de jaqueca que no sé si se debe a la regla que se me ha adelantado (gracias, hermosa, por no perderte ni una) o al exceso de horas de ordenador de ayer intentando remontar el desastre de semana, tengo unas horas de tranquilidad. Monete y su padre se han ido con los abuelos, y el mandato era «que te cunda, o al menos, descansa».

Me paralizo sin saber elegir. Debería descansar pero me reconcome la lista de cosas pendientes. Debería avanzar, pero estoy débil, desconcentrada, cansada.

Pero he dado un pasito al frente, y me he recordado a mí misma que esta Mamá Monete agotada, triste y frustrada también soy yo. Que a veces no puedo con todo. Y que no pasa nada.

Así que mi plan para hoy se ha reducido a una sola cosa: haga lo que haga, termine el día como termine, no me voy a machacar.

Voy a ir dejándome llevar por los tengoqués conforme se conviertan en meapeteces o megustarías, a respirar hondo, y a pensar que, en el fondo, lo importante de todo esto es que Monete va al parque, tiene amigos, y no para de contarnos lo bien que se lo pasa.

Y lo demás quizá tenga que esperar un poco más.