La maternidad es un temazo… o no

El año pasado, mientras buceaba en mi puerperio y cursaba la formación anual del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, devoré todas las tareas complementarias que sugerían lecturas y visionados relacionados con la maternidad.

Así fue como descubrí El nudo materno, de Lazarre, un libro que tan pronto terminé habría vuelto a empezar porque por primera vez sentía que la enorme ambivalencia con la que estaba viviendo la maternidad no era cosa mía, sino algo compartido.

Los anuncios de la serie de Berto Romero, Mira lo que has hecho, también parecían gritar mi nombre, aunque no conecté en absoluto con ese universo; quizá porque Papá Monete y yo ya habíamos conseguido ver, a pesar de los lloros, el sueño acumulado y la dificultad para seguir el hilo, la australiana The Letdown, y me sentía mucho más próxima a esa extrañeza frente a los grupos de crianza abarrotados de madres perfectas que frente a las pedagogías alternativas (al fin y al cabo, seguimos sin guarde…).

Poco a poco fui devorando películas, series, novelas, ensayos, todos con la crianza en primer plano.

La «otra» maternidad como tópico

Pero no fui la única. Es cierto que la atención selectiva ayuda a fijarte más en todos estos temas, pero también que la semana pasada se presentaba El vientre vacío y en La Central del Reina Sofía lo señalaban con una mesa dedicada a «otras representaciones de la maternidad».

Sí, se ha roto el tabú. Las «madres que escriben» que dibuja Nuria Labari quizá son un poco menos «madres culpables» que antes. Ahora podemos ser Madres arrepentidas, mamás (algún día hablaré de lo que me escuece esta palabra) desobedientes. Podemos incluso convertirnos en la madre que nunca íbamos a ser, y confesar que estábamos equivocadas.

Las que no quieren ser madres tienen espacios para reivindicar que puede ser una decisión en firme y no una etapa, como la sociedad se empeña en insistirles. Las que quieren y no pueden, gritar a los cuatro vientos que la maternidad no siempre es fácil, ni natural, ni posible, y señalar las causas de todo eso. Las que a veces pelean con su propio deseo, explorarlo y acompañar a otras en ese viaje interior.

Todos estos son libros de reciente publicación. Autoras que en los últimos meses han sacado al debate público esto que antes era un tema privado. La conversación es positiva y liberadora. La reivindicación de la maternidad en una sociedad tan hostil a la crianza como las nuestras, necesaria.

Sin embargo, cabe la pregunta de qué clase de nuevo mito maternal estamos creando con todos estos relatos.

¿Sobre qué escribe una madre?

La necesidad de volver a sentirme independiente fue lo que me hizo conectar con Labari. Dónde estaba mi cerebro, al que he considerado mi bien más valioso, y por qué me costaba tanto reivindicar su necesidad de estimulación. La vida intelectual, la realización personal, todas esas fantasías individualistas que tan bien relata Hernando y que consisten, básicamente, en ignorar que mientras alguien se considera independiente otra persona está tejiendo y reparando las redes que la sostienen.

Cuando Woolf hablaba de las quinientas libras de renta y un cuarto propio, quería decir básicamente «tener las necesidades cubiertas«. Y las necesidades son las que pagan el alquiler, pero también las que hacen que ese piso alquilado sea habitable. Que estés limpia, alimentada, descansada.

Mujer entre libros

Todo ese trabajo invisible, en el que entra también lo que se relaciona con la crianza, ha quedado siempre de puertas adentro. Y apenas sale en todos estos relatos. El enfrentarte a tus carencias culinarias, el cambiar tus estándares de qué se considera limpio y ordenado, el tiempo como una entidad que cambia por completo de textura cuando no recuerdas la última vez que dormiste cuatro horas seguidas y a tu bebé le da lo mismo si ha pasado o no un lapso estándar desde la última vez que comió.

Cuando estos temas aparecen, se presentan más bien como un motivo de conflicto en la pareja; que lo es. Como una realidad enfrentada al tiempo de trabajo, al tiempo «personal»; porque mientras realizas todo esto, es como si no fueras persona.

La nueva maternidad está dibujada con líneas tan antiguas como la que separa lo público de lo privado, que define también qué es importante y qué no.

Hablamos de maternidad, pero no hablamos de lo cotidiano, de todo eso que, parece, aún nos acompleja en cierto sentido, aún nos parece irrelevante. Al escribir sobre esa maternidad diferente, parece que sintiéramos que nuestra experiencia debe ser relevante, objetiva, generalizable. Hablamos de «cómo nos sentimos», de lo que pasa «cuando te conviertes en madre», de lo que sientes «cuando no puedes ser madre».

Cuando lo cierto es que no tenemos ni la menor idea. Solo sé cómo me sentí, lo que me pasó al convertirme en madre, y lo que mis amigas me han contado sobre sus difíciles caminos hacia la maternidad.

Y eso no es malo. Son vivencias, personales, íntimas. Son diversas igual que lo son quienes las experimentan. Son contradicciones muy propias, que dependerán siempre de qué pensábamos y qué enfrentábamos. Y son legítimas, porque son reales, generalizables o no.

¿Dónde están los libros sobre la nueva paternidad?

Me encantaría leer sobre todo esto desde el punto de vista de los padres, aunque tenga muy claro que la experiencia va a ser radicalmente distinta en muchos aspectos, porque seguramente leerles a ellos me haría entender muchas de las cosas que «a nosotras, las madres» (sí, es irónico) nos exasperan diariamente de forma distinta.

un padre lee un libro a su bebé

Pero los hombres no escriben de crianza (con honrosas excepciones), salvo que sean profesionales. Pediatras, enfermeros, neonatólogos, obstetras escriben sobre sus experiencias con sus hijos igual que Piaget se basó en los suyos para desarrollar sus teorías.

Se suelen oponer las experiencias bélicas y la crianza como temas narrativos «masculino» y «femenino», para resaltar que mientras que las primeras se han considerado dignas de la literatura universal, la segunda nunca lo ha sido.

Pero no olvidemos que la guerra era pública, y, el criar, íntimo. Quizá por eso, ellos se atreven a compartir sus experiencias de crianza cuando su actividad profesional se lo permite, y quizá por eso nosotras nos empeñamos en hablar de «las madres», como si al universalizar lo que nos pasa dejara de ser algo privado y, así, se ganara un espacio en la esfera de lo común.

El Yo, madre frente al Nosotras, las madres

El deseo de gestar se impuso sobre mí de una forma tan brutal e innegociable como el que cuenta Nanclares. Yo, que quería ser madre de acogida. Yo, que no quería dar el pecho. Yo, preñada, parturienta, lactando.

En la contradicción permanente que tan bien cuenta Lazarre me he movido yo desde que nació Monete. En querer tiempo para mí y odiar cada minuto que le robo a él. O, más bien, odiar cada cosa que me obliga a robarle minutos. Las obligaciones profesionales, sociales, familiares, domésticas me parecen ridículas comparadas con estar con él. Pero, cuando estamos juntos, todas ellas se convierten en un zumbido en mis oídos que me grita «venga, ya está bien, ahora haznos caso».

Vivo sin saber si reivindicar mi independencia y mi espacio personal o nuestro espacio conjunto, diádico, Monete y yo haciendo solo aquello que podamos hacer juntos.

Lazarre se pelea constantemente entre sus deseos profesionales y sus deseos maternales. Quiere dejar de ser la esposa de su marido, tener un espacio propio. Pero en ese espacio propio necesita, también, que habite su criatura; porque ella ya no es sola, es ella y también madre. Labari, en cambio, quiere escaparse de su domesticidad, de su nuevo rol, sentirse ella sola, individuo. Nanclares se convierte en un eslabón entre el pasado y el presente, la tradición y el futuro; a través de ella transita algo tan básico como la vida, que se abre camino frente a todas sus circunstancias.

Pero esas circunstancias están ahí, agotan, enfadan, dividen. Las Working moms de Netflix se enfrentan a las momstagrammers igual que Berto y su pareja a las demás familias de la guardería. Ellas y nosotras. Ellos frente nosotros. Los de Estivill vs. los de González. Las de biberón vs. las de lactancia prolongada. Cuarto propio desde el día cero o colecho. Triturados o trozos. Unas familias contra otras.

Elige tu bando. Ven aquí y sé como nosotras.

En muchos de estos relatos hay una tendencia a la generalización que genera reticencias. Porque si «las madres son…» y «las madres hacen…» y «las madres sienten…», entonces qué soy yo, que ni soy, ni hago ni siento todo eso. Y lo cierto es que no es así. Con ciertos aspectos de los que narran estas autoras me identifico. Con otros, no.

Pero no necesito arrepentirme de haber sido madre para que me interese leer las historias de aquellas que sí lo han sentido. No necesito que la espera de Monete haya sido eterna para que me conmuevan las historias de infertilidad o me indignen las circunstancias que muchas veces nos abocan a ellas.

Tu historia no es la mía, pero, aún así, quiero conocerla

No hemos necesitado hacer magia para tragarnos la saga de Harry Potter, o salir a explorar el mundo para que nos gustasen las novelas de aventuras (que, ojo, nunca fue mi caso). La ciencia ficción o la fantasía nos demuestran que podemos conectar y sentirnos identificadas con personas en circunstancias completamente diferentes a las nuestras.

Y, es más, algunos de mis libros favoritos lo son a pesar de (o incluso debido a) la falta de conexión con sus protagonistas. Ahí está el Parango de Beigbeder, al que abofetería de mil amores mientras releo sus historias una y otra vez. Ahí está American Psycho, ese gran éxito de la literatura y el cine con el que espero sinceramente que disfrutemos por algo más que por la aprobación total de sus conductas y motivos.

Las bibliotecas están repletas de autobiografías de personas cuyas vidas no se parecen a las nuestras; en muchas ocasiones es justo eso lo que nos interesa.

Me parece preciosa la sensación de ver un sentimiento difuso convertido en palabras gracias al talento de otra persona. Me encanta reconocerme en algunas de esas madres, o en todas, al menos alguna vez.

Pero tengo muy claro que esas madres no son «iguales que yo», afortunadamente. Porque si lo fueran, para qué leerlas. Qué aprendería de ellas.