El síndrome de la impostora en la crianza

Se han publicado por fin las listas de finalistas de los premios de Madresfera. Leo los comentarios de las votaciones mientras ando por la calle, y se me van cayendo las lágrimas. ¿En serio hay quien cree esto de mí? ¿Cómo puede haber gente que quiera leerme, que quiera que escriba más? ¿Qué puedo decir yo que sea valioso?

¿Qué es el síndrome de la impostora?

Esta sensación de que lo que hemos conseguido es en realidad un enorme malentendido y de que lo que hacemos no tiene el menor valor ha recibido bastante atención en los últimos tiempos, y se recoge bajo el nombre de «síndrome de la impostora», aunque en el artículo en el que las psicólogas Pauline Clanze y Suzanne Imes lo conceptualizaron lo llamaban «fenómeno» más que síndrome, y no está mal recordarlo por esta obsesión que tenemos de convertir cualquier cosa en un «síndrome», con todo lo que eso conlleva.

Estas investigadoras encontraron que en una muestra de mujeres con destacados logros académicos y profesionales, era muy intensa la percepción de que lo que habían conseguido no tenía que ver con sus capacidades o con su esfuerzo, sino con haber engañado a su entorno, y tenían mucho miedo de que en cualquier momento se descubriera la mentira.

Para estas autoras, el origen de este miedo y de las conductas asociadas a él (un aumento de la autoexigencia, la dificultad de confiar en el propio punto de vista, la necesidad de agradar a los demás a toda costa…) tiene que ver con determinadas dinámicas familiares (donde no se ha reconocido el talento durante la infancia, o bien donde a raíz de ameritarlo se han puesto estándares muy elevados) y con la interiorización de los roles de género (por eso la conceptualización en femenino: son las mujeres a quienes con más frecuencia se les restan méritos, se las trata con condescendencia o se las asume incapaces de alcanzar este tipo de logros).

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¿Y qué tiene que ver con la crianza?

Desde mi punto de vista, la vulnerabilidad que tenemos en esta etapa facilita que el síndrome de la impostora crezca y se mantenga.

Por una parte, desde el embarazo se nos trata como si fuéramos criaturas incapaces de cuidarnos a nosotras mismas, y se considera normal que personas sin más autoridad que la de su propia experiencia vital y muy a menudo sin una relación estrecha con nosotras opinen sobre lo que hacemos: qué debemos comer, cómo debemos movernos o qué decisiones tendríamos que tomar.

Cuando llega el bebé, esto es aún peor: si bien la crianza se ha ido individualizando y privatizando, en el sentido de que los bebés ya no crecen en la comunidad, sino en sus propias casas y espacios, lo que nos deja sin referentes, seguimos considerando que esos consejos deben ser compartidos a toda costa.

Las madres recibimos a todas horas consejos no solicitados, cuestionamientos y respuestas escépticas, en lugar del apoyo que necesitamos.

Esta combinación hace que una madre primeriza sienta que no tiene ni la menor idea de lo que necesita su bebé, que tenga que descubrirlo a partir de opiniones externas «autorizadas» (libros, profesionales…) y no de las madres de su entorno o la escucha de su propio instinto y de su criatura, y que encima se enfrente a las injerencias continuas: yo todavía recuerdo como si fuera ayer la bronca de una señora desconocida mientras Monete lloraba en el carrito, según cruzábamos un semáforo, porque «ese niño tiene hambre»…  Como si fuera algo que pudiera resolver conforme cruzaba la carretera.

Hemos descubierto que muchas de las pautas que recibía la generación anterior (las tomas marcadas por el reloj y no por la demanda, el dejarles dormir solos, el no llevar en brazos…) son contraproducentes y hemos revertido esa tendencia volviendo a métodos anteriores, con lo que en muchos casos tenemos un enfrentamiento con nuestras madres y abuelas cuando explicamos cómo hemos decidido criar.

Conciliación e impostura: el mito de la supermamá trabajadora

El siguiente factor que termina por llevarnos de cabeza al síndrome de la impostoras es la necesidad de conciliar la crianza y la vida profesional; un equilibrio muy complejo, si no imposible.

En un entorno donde desde el mundo del empleo se exige a las personas que estén 100% disponibles, en cuerpo y alma, con horarios que invaden todo el tiempo de vida, con preocupaciones que no se acaban cuando se ficha la salida, con entornos cambiantes que obligan al aprendizaje permanente, y con una demanda cada vez mayor de poner al servicio de nuestra carrera también nuestras relaciones personales, cuando llega la crianza y te obliga a parar, es muy complicado volver a coger el ritmo.

Cómo encajar, en un tiempo de trabajo remunerado que necesariamente debe comprimirse para dar espacio al tiempo de trabajo gratuito (alimentar, limpiar, acompañar), esas reuniones infinitas e improductivas. Esas sesiones de «afterwork». Esos cursos intensivos de motivación y «soft skills» donde en realidad no te dicen nada que no sepas. Esas llamadas intempestivas que hay que atender porque tu jefe o tu cliente principal no ha podido llamarte hasta ahora, y, claro, cómo vas a esperar al siguiente hueco que tenga disponible. Cómo seguir demostrando que tienes «habilidad para trabajar bajo presión» cuando llevas un año durmiendo menos de cinco horas diarias y ya arrastras sobre tus hombros una presión difícilmente soportable solo por el cansancio acumulado. Cómo ser flexible y proactiva y resolver incidencias inmediatamente según se producen cuando tu bebé no te deja encender el ordenador sin intentar borrarte cada documento que abres.

Y eso sin hablar de las pausas más largas. Tras una excedencia, voluntaria o forzada mediante un despido o un oportuno final de contrato, cuando vuelves a tu sector dos o tres años después, ¿qué hay que sea reconocible? ¿Cuántas especializaciones nuevas son ahora necesarias para hacer tu trabajo? ¿Cuántas de las herramientas que usabas siguen existiendo? ¿Cuántos de los contactos que tenías (proveedores, clientela…) siguen en su puesto anterior?

Muchas veces hay que construir el mapa de nuevo, desde cero. Y qué difícil entonces no sentir que la experiencia acumulada ha desaparecido, al ver que no tenemos forma de sacarle partido inmediato.

¿Impostora o influencer? La trampa de las redes sociales

El siguiente factor es cómo ha crecido la exposición de la intimidad cotidiana. No quiero hacer un drama de esto: creo que tiene un gran potencial para abrir nuestra mente hacia la enorme diversidad de nuestras sociedades mostrándonos como viven personas que no se nos parecen mucho, y para acercarnos a otras con las que compartimos circunstancias vitales, y este conjunto puede tener mucho valor para el cambio, por ejemplo de cara al estigma en las enfermedades mentales.

Pero también tenemos que pensar que casi todo lo que vemos es postureo, de un lado y del otro; que los relatos de las redes sociales tienden a ser extremos: presumir o quejarse, amor y odio.

Nadie tiene la casa tan limpia como en Instagram ni es tan brillante como en Twitter ni pasa tanto tiempo con sus amistades como Facebook nos puede hacer creer ni cocina y vista como aseguran sus tablones de Pinterest.

Pero desde la barrera nos vamos a comparar siempre con esa foto perfecta, esa frase certera, esas agendas sin fin y esas recetas elaboradas y sanísimas, y no con la lavadora sin poner, la dificultad de poner en orden tus pensamientos, la sensación de llevar confinada desde que nació tu bebé y los palitos de merluza en la freidora porque «al menos así come pescado».

Una comparación muy injusta, porque lo que ponemos al lado es precisamente el caos de nuestro backstage, y no nuestros mejores momentos. Son ligas diferentes. Y no jugar la Copa del Mundo no quiere decir que no puedas disfrutar (e incluso ser bastante buena) en tu deporte favorito.

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¿Y qué hacemos con esto?

En primer lugar, dejar de competir. Porque no hace falta ser la mejor para tener un buen resultado. Podemos ser, sin más, suficientemente buenas. Y es más que legítimo.

En segundo lugar, reconocernos el esfuerzo. Porque si no le damos valor a todas las horas que pasamos cuidando, difícilmente vamos a ser capaces de ponernos un estándar realista.

En tercer lugar, hablar de verdad con otras madres. Porque cambia mucho el cuento cuando dejamos de pensar que somos nosotras las que no sabemos gestionar lo que tenemos entre manos y empezamos a darnos cuenta de que muchas veces son situaciones imposibles y que no tiene que ver con nuestra capacidad, sino con la falta de estructura que nos sostiene.

En cuarto lugar, enfrentar el miedo. Porque por algún sitio hay que empezar. Y cuando empezamos a criar no tenemos ni idea de qué estamos haciendo, cuando empezamos en una nueva profesión no tenemos ni idea de lo que estamos haciendo, y muchas veces la única forma de aprender a hacer algo es haciéndolo. Y hay que empezar por el principio si queremos llegar algún día al siguiente nivel.

Y, sobre todo, dejar de machacarnos. Porque incluso aunque fuéramos el desastre que nos decimos, incluso aunque fuera cierto que lo estamos haciendo todo mal, poca energía vamos a tener para aprender, para mejorar, para crecer, si lo único que nos repetimos es que no valemos para nada.