Abrazar el caos

Una de las cosas que más me ha costado integrar de la maternidad es la pérdida de control.

Llevo toda la vida convencida de que soy un desastre en potencia, y con los años la forma de evitarlo ha sido abrazar el orden.

Evitar el despiste con listas de todo tipo. La falta de concentración con un enorme afán por diseñar y documentar procesos de trabajo. La desidia doméstica con la máxima de que tener las cosas en su sitio y evitar ensuciar es más fácil que intentar encontrar cosas que no sé dónde dejé y huecos para maratones de limpieza.

Y de pronto, desde el embarazo, me encontré con que mi sistema ya no funcionaba. Que no podía organizar mis jornadas en función de mis horas productivas porque mi cuerpo se ponía en modo hibernación cuando le daba la gana y el descanso ya no se podía posponer. Que no podía terminar las tareas pendientes porque el parto viene cuando toca, no cuando lo tienes agendado.

Todo esto ahora me parece evidente, pero antes de que naciera Monete estaba tan absorbida por el trabajo que me parecía una incomodidad.

Los bebés no entienden de conveniencias. No duermen cuando tú lo necesitas ni comen cuando tú puedes hacer una pausa. Cuando te requieren, su necesidad es inmediata, impostergable. Es el resto lo que debe esperar.

Me pasé muchos meses esperando que Monete creciera y «encajase» en mi vida tal como la conocía, y no empecé a encontrarme mejor hasta que comprendí que era yo la que tenía que transformarme y adaptarme a mi criatura.

Pero todavía hoy sigo presa de esa forma de pensar, aunque sepa que ahora mismo me es inútil y hasta contraproducente.unsplash-logoMarkus Spiske

Y de cuando en cuando me vuelven las prisas, la frustración y la nostalgia. Y deseo con todas mis fuerzas poder volver a colocar mis libros y discos en su sitio. Andar por la casa sin encontrar una pieza de lego aquí y una pelota allá. Poder barrer sin pelear por la escoba como si fuese Excalibur y Monete se llamase Arturo. Trabajar sin interrupciones al grito de «mamá ya no baja, mamá jugá».

Me devora el deseo de que Monete crezca, de que siga reglas, de que asuma rutinas, de que mantenga un orden.

Y no sé si algún día echaré de menos estos años de caos absoluto. Creo que no, la verdad. Y creo que no lo haré porque me los estoy perdiendo. Porque en lugar de aceptar las cosas como son ahora las miro desde el cristal de cómo eran antes y de cómo pensaba que iban a ser.

Monete crecerá, eso es inevitable. Seguramente tarde mucho en tener su propio orden, y sinceramente le deseo que sea menos rígido que el mío. Cuando eso llegue, quizá mis rutinas, mis esquemas, mis horarios y mis espacios vuelvan a ser las que eran. Pero yo espero no ser la misma.

Espero que estos años me enseñen a divertirme sin prisa, a priorizar lo que me pide el cuerpo, a poder relajarme también en un cuarto que es más bien una leonera, a entender que lo más importante de mañana es disfrutarlo cuando sea hoy. Que los planes orientan pero no pueden encarcelar, y que parte de lo bueno que tiene una rutina es la sensación especial que vives al romperla. A dejar de anticipar y analizar hasta el dolor de cabeza, para poder estar presente y sentir aquí y ahora.

A dejar de tener miedo a sentir, aquí y ahora, que en el fondo es lo que hay detrás de mi necesidad de control.

Estos años agotadores son también irrepetibles y no me gustaría sentir dentro de un tiempo que me perdí la obra porque estaba vigilando la salida de emergencia.