Salud mental y embarazo: cuando tu cerebro no acompaña

Cuando me enteré de que estaba embarazada, después del subidón inicial vino el vértigo. Esto es muy normal, y un signo de salud mental: tu vida va a dar un vuelco, vas a hacer algo importantísimo, y es algo que no has hecho nunca. ¿Cómo no vas a estar aterrorizada? Sin embargo, digamos que mi vértigo fue algo más intenso que el de otras Futuras Mamás Monete.

Embarazada y en tratamiento psiquiátrico

Con varias parejas a mi alrededor esperando meses e incluso años para conseguir el ansiado embarazo, reconozco que no se me pasó por la cabeza que Monete fuera a venir tan deprisa. Es el típico pensamiento que eres consciente de que es absurdo, porque en el momento en que dejas de tomar precauciones puedes quedarte embarazada, pero creía, irracionalmente, que “cuanto antes empezásemos” menos tardaría en venir… considerando un intervalo “normal”, de, no sé, ¿seis meses? ¿Un año?

El caso es que cuando el test dio positivo, yo estaba pendiente de una revisión con mi psiquiatra para ir dejando los antidepresivos. “Ir dejando”, porque terminar este tipo de tratamiento es un proceso de unas semanas en el mejor de los casos, y varios meses en muchas ocasiones. De hecho, me preguntaba si merecía la pena esperar a dejar, también, el tabaco, ya que en otras ocasiones, cuando he intentado dejar de fumar me he deprimido.

Estaba, a falta de esa revisión, “dada de alta” de una depresión que había durado dos años, pero, aunque me encontraba muy bien, sabía que el embarazo implicaba dejar el tratamiento lo más rápidamente posible y me temía una posible recaída… que llegó.

Estaba esperando un hijo y era algo que ya pensaba que estaba fuera de mi alcance. Era uno de mis grandes sueños y estaba empezando. Y sin embargo, no solo no estaba contentísima: estaba triste. Todo lo que pasaba a mi alrededor me dolía muchísimo, y era incapaz de pensar que mi situación fuera a mejorar. Y eso me hacía sentir incapaz como madre nada más empezar.

La ansiedad durante el embarazo

Cuando me quedé embarazada, Papá Monete y yo llevámos seis meses juntos y aunque la relación iba viento en popa y los dos teníamos claro que queríamos tener familia, al mirar alrededor me di cuenta de que no habíamos empezado a prepararnos ni remotamente para construir una. Yo trabajaba como autónoma, él a media jornada, no teníamos ahorros y vivíamos con tres perros en un estudio de cuarenta metros cuadrados desde el que yo realizaba la mayor parte de mi trabajo.

De pronto empezó todo a darme muchísimo miedo. Quedarme sin clientela (como autónoma, no tengo paro). No encontrar nunca un piso donde pudiéramos vivir cómodamente toda la familia. Que me pasara algo. [Esto último es muy curioso porque siempre he sido bastante inconsciente del peligro, pero de pronto me daba miedo caminar por un polígono industrial a mediodía]. Que le pasara algo al bebé.

Todas las personas que esperan un hijo tienen una cierta preocupación por lo que puede ir mal en el embarazo. Pero yo vivía convencida de que el bebé tendría todo tipo de problemas, lo que me generaba ansiedad, lo que, a su vez, me convencía de que iba a ser el origen de todos los problemas de desarrollo del feto.

Esta ansiedad me impidió dejar de fumar durante el embarazo, lo que me generaba culpa, lo que me generaba más ganas de fumar… Estaba segura de que iba a ser una madre de mierda. Pensaba que no debía tener a ese niño porque no iba a estar a la altura: si no era capaz de mantener la cabeza en su sitio durante el embarazo, ¿cómo iba a hacerlo cuando le estuviera criando? Luego, por supuesto, me sentía culpable por pensar en no tenerlo. Pasé el embarazo en un bucle en el que, pasase lo que pasase, estaba convencida de que iba a ser terrible para el bebé.

A esto se suma que las famosas “náuseas matutinas” del primer trimestre en mi caso fueron vómitos durante casi todo el día hasta casi el quinto mes de embarazo. Cansada, asustada, sin medicación y sin parar de vomitar, ¿cómo iba a enfrentarme a todo eso, con qué fuerzas?

Foto conceptual de cuidado prenatal: un vaso y unas pastillas en primer plano, al fondo una mujer embarazada
Imagen de Onlyyouqj

Antidepresivos y embarazo: sí, se pueden combinar

Dejé la venlafaxina a toda prisa, pero en el segundo trimestre y en vista de que mi ánimo seguía por los suelos, el psiquiatra me recomendó volver a tomar antidepresivos; concretamente fluoxetina, cuyos efectos están más testados en embarazadas, aunque es menos adecuado en quienes, como yo, la depresión se combina con ansiedad.

Empecé a sentir más esperanza (dejar de vomitar también me ayudó a sentirme algo más fuerte), pero dormir fue muy difícil durante todo el embarazo y tenía tal agitación que todo me desbordaba: tuve auténticas discusiones con mi madre sobre cosas completamente irrelevantes como el detergente para ropa de bebés que me dejaban sin aire o me hacían llorar durante días (y es que la relación con la propia madre también es algo que se remueve muchísimo con la maternidad, así que cualquier herida mal sanada puede volver ahora).

Sin embargo, estoy bastante segura de que habría sido aún peor sin medicación: cuando dejé la fluoxetina de cara al último trimestre (para evitar el síndrome de abstinencia en el recién nacido) aunque seguía sin estar bien, volvía a tener algo de ilusión, y, sobre todo, me notaba con mucha más energía para enfrentarme a las cosas. Y necesitas la energía, créeme.

Lo que me preocupa de mi salud mental como madre

Llevo batallando con mi mente desde que tengo memoria. Con el exceso de imaginación, con el exceso de sensibilidad. Tengo depresiones cíclicas y ansiedad de forma prácticamente constante. A eso se suma la ansiedad social, que viene y va pero que hace que determinadas cosas que para otras personas no tienen el menor misterio, como hacer la compra, para mí sean batallas épicas.

“Bueno, nunca os lo he contado, pero a mí me cuesta mucho trabajo vivir. Siempre, desde siempre. Es algo difícil de explicar, como a vosotros no os pasa seguramente no lo entenderéis, pero yo siempre he sentido que vivía dentro de un túnel, a oscuras, aparte, lejos de todo. Veía luces al principio y al final, sabía que existía el mundo, más gente, el sol, la luz, las calles, mis padres, todo eso, pero no podía salir, ni siquiera quería salir de allí, era demasiado esfuerzo. Nunca os lo he contado, pero a mí me da todo mucha pereza, despertarme por la mañana, levantarme de la cama, vestirme, desayunar, todo eso me cansa mucho, estoy muy cansado antes de hacer nada, tengo que obligarme a hacer las cosas que los demás hacen sin darse cuenta, y a medida que consigo hacerlas, me siento menos cansado, y no más, es muy raro…”
(Almudena Grandes, Caballos de cartón).

Creo que quien no lo ha vivido difícilmente se hace a la idea de qué significa vivir con una depresión. Pero es una enfermedad altamente incapacitante (que no se cura simplemente paseando al aire libre y adoptando un enfoque positivo: como depresiva optimista y con perro al que pasear os lo puedo asegurar). En esas condiciones, ¿tiene sentido criar?


Hace unas semanas me topé con este hilo y refleja muy bien mi forma de verlo. Tener hijos no solo no es un capricho: tampoco es un derecho, aunque mucha gente esté empeñada últimamente en verlo así; el derecho es, en todo caso, de la infancia a tener adultos que les cuiden.

Yo había descartado por completo la idea de ser madre porque estaba segura, después de mi larga trayectoria por los servicios de salud mental, de que no era adecuada para maternar. Solo la opinión contraria de mi terapeuta me animó a ir cambiando la mía. Y es que, en ocasiones, los problemas mentales te colocan en una posición donde tienes oportunidad de aprender hasta un punto en el que, incluso, puedes llegar a ser aún mejor madre que otras personas que no han pasado por allí.

Lo que mi trastorno de personalidad me ha enseñado de cara a la maternidad

Llevo en terapia más de diez años, y el centro del trabajo que hemos hecho allí ha sido, sobre todo, de regulación emocional. ¿Qué quiere decir eso? Pues que mi tendencia natural es a tener emociones más intensas que otras personas, capaces de desbocar mi conducta: a cambio, he ido aprendiendo a impedir que esas emociones me descalabren:

  • A poner palabras a las cosas que siento, identificando qué me hace reaccionar de una forma u otra en un momento dado.
  • A poner en contexto mis emociones, ponderando qué parte de lo que siento se debe al contexto y qué parte a la forma en que yo lo interpreto.
  • A valorar el papel que cada emoción tiene: a saber que cuando algo me enfada, debo cambiarlo; que cuando estoy triste, debo cuidarme; a disfrutar de la alegría sin perder el control.
  • A expresar cómo me siento de una forma más asertiva, evitando las explosiones que eran mi única forma de comunicarme cuando era más joven, siendo más honesta y relacionándome mejor.
  • A entender el origen de muchas de las ideas o emociones que aparecen en un momento dado, y comprender que a veces es la trayectoria vital más que lo que pasa en una situación lo que genera distintas reacciones.

Muchas personas, cuando tienen hijos, no han hecho este aprendizaje. No saben entender a sus hijos, porque no son capaces de entenderse a sí mismos. Cuando los niños tienen conductas, reacciones o emociones perfectamente normales y adecuadas a su proceso de desarrollo se frustran, las toman como una afrenta o son incapaces de gestionarlas.

Creo que mi bebé tiene suerte por tener una Mamá Monete que va a enseñarle que estar triste es parte importante de la vida y que va a saber acompañarle cuando tenga miedo.

Muchos adultos no saben acompañar el proceso de autodescubrimiento que supone la infancia. No pueden explicarles a sus hijos las cosas que les pasan y cómo eso puede afectar a su forma de comportarse con ellos o con otros miembros de la familia. Y todo eso, a la larga, puede conducir a un aprendizaje emocional deficiente igual de dañino o más que tener una madre con depresión o ansiedad (o cualquier otro trastorno, aunque prefiero quedarme siempre en mi propia experiencia).

Todo esto es cierto, pero es muy difícil verlo así todos los días, no nos confundamos. Incluso aunque una sea optimista (que, insisto, es mi caso por más depresiva que sea), los problemas de salud mental afectan a la forma en que interpretamos el mundo, las situaciones y nuestro papel.

La depresión posparto

Tener un hijo es una experiencia durísima. Físicamente acabas de pasar por un trance que ha transformado tu cuerpo de cabo a rabo (y no me refiero solo al parto: ya el embarazo lo hace), y te ves lanzada desde ahí a una situación que es totalmente nueva, que no tienes ni idea de cómo afrontar y que es física y mentalmente muy exigente.

Mujer embarazada en la cama con la cabeza tapada por la almohada
Imagen de Yanalya

Algunos expertos consideran que hay una depresión leve que sufren la mayoría de las madres en las primeras cuatro semanas de vida del bebé. Otros expertos aseguran que hay varios periodos críticos, y personalmente esto me hace mucha gracia porque coinciden con la sensación de desamparo: la vuelta a casa desde el hospital, el fin de la baja paternal… De hecho, varios estudios consideran que la prolongación de la baja maternal hace disminuir la incidencia de la depresión posparto, así que da qué pensar: ¿nos deprimimos, o simplemente nos damos de bruces con un mundo hostil hacia los cuidados?

Yo llevo resistiéndome al término “depresión posparto” desde que nació Monete, porque se suele asociar a una serie de sentimientos negativos hacia el bebé que no he tenido en ningún momento. Cómo voy a tener depresión posparto si no me arrepiento de haber tenido a mi bebé, cómo voy a tener depresión posparto si lo único que me hace sonreír es mi bebé.

Pues mira, precisamente porque no es sano para ti ni para tu bebé que sea lo único que te hace sonreír. ¡Menudo peso para unos hombros tan pequeñitos!

Enfrentarse a la depresión: el rechazo al tratamiento

Una cosa que me siempre me ha llamado la atención de mi propia relación con mi enfermedad es que si cualquier persona me contara mi situación, mi trayectoria o mis necesidades, le diría sin dudar que la medicación correcta podría ayudarla… Y, sin embargo, he perdido mucho tiempo de mi vida rechazando la medicación. Uso “perdido” a propósito, porque no nos damos cuenta de que la energía que invertimos en luchar con la depresión o la ansiedad “a pelo” la podríamos invertir en muchísimas cosas más gratificantes, que nos hicieran felices o nos dieran tranquilidad a largo plazo.

Hace ya diez días que empecé a escribir este texto (porque, como buena ansiosa crónica, una cosa que hago mucho es planificar por encima de mis posibilidades, y ya tenía previsto el calendario de temas para el blog con sus dos publicaciones semanales cuando empecé a escribir… como si fuera fácil sentarse y escribir sobre todo esto “a ratitos”, entre el trabajo, el bebé y todo lo demás).

Cuando empecé, escribía pensando en el tratamiento durante el embarazo, y lo que quería contar era solo que Monete está perfectamente sano y es un bebé alegre y equilibrado a pesar de todo el cortisol o toda la fluoxetina de los que pudiera empaparse durante la gestación.

Termino este post esperando una cita para el psiquiatra, porque mi bebé se merece una madre al 100% y creo que ahora mismo para darlo todo de mí necesito ayuda.

Si una persona deja de tomar su medicación para el azúcar, el colesterol o la tensión consideramos que es una imprudente. Sin embargo, parece que una persona que decide no tomar medicación para un trastorno depresivo o ansioso es una valiente que se está esforzando mucho. Somos muy injustos y muy ilusos cuando pensamos en la forma de enfrentarse a un problema de salud mental.

Hace poco leía a una madre contar sus dudas a la hora de aceptar un ingreso hospitalario en psiquiatría y creo que todas pasamos por ahí cuando nos enfrentamos a estas cuestiones. Pero esto es como las mascarillas de oxígeno en los aviones: debemos ajustar la nuestra antes de la de nuestros hijos, porque si nosotras no respiramos, no podemos asegurarnos de que nuestros hijos lo hagan.

No quiero seguir sintiendo que cada día es una batalla contra mi cerebro, porque Monete se merece que su madre tenga toda la energía del mundo para disfrutar con él, y respaldarle en las batallas que él tenga que luchar. Quiero tener fuerzas para llevarle a todos los sitios que quiera conocer, quiero poder concentrarme en cada historia que le apetezca contarme.

Y por supuesto que para eso estoy dispuesta a hacer lo que haga falta: empezando por cuidar mi propia salud. ¿Tú no? Porque estoy segura de que también puedes.