¡Estoy embarazada! Y ahora… ¿qué hago?

Hace exactamente un año que, mientras tomaba café con una amiga, me planteé que igual ese retraso en la regla que achacaba al caos de las vacaciones empezaba a ser un poco excesivo. Me despedí de ella con un “sí, me haré un test y me quedo tranquila” y me pasé por la farmacia de camino a casa.

Recuerdo que me dieron el test con una sonrisa y un “¡suerte!” que me parecieron chocantes: en mi cabeza, ir a la farmacia a por un test de embarazo era algo asociado a uno no deseado. Aparecer como adulta, tranquila, pedir el test y que me desearan, sonrientes, un positivo me pareció irreal.

En general, desde ese momento todo empezó a parecer bastante irreal.

El test dio positivo y no esperó siquiera los dos minutos de rigor. De hecho salió positivo tan rápido que no me fiaba del resultado. Papá Monete salió disparado a la farmacia a por otro, para contrastar, y cogió ese que dice de cuántas semanas estás. Una vez en casa, el test no se encendía para decir absolutamente nada.

Los tests de embarazo fallan. Falsos negativos, tests en mal estado que, como este, no reaccionan. Es normal, pero desde luego que no inspira confianza, sobre todo si llevas mucho tiempo esperando la gran noticia, o, por el contrario, si estás aterrada ante la posibilidad de estar embarazada. Es muy recomendable esperar unos días tras el retraso, no fiarse del sangrado si dura menos de lo habitual y contrastar, incluso, con un análisis de sangre, que es más fiable que el test típico de farmacia. Por eso, lo primero que debes hacer es pedir cita con tu médico de cabecera.

Papá Monete bajó a por el tercer test, a una farmacia distinta. Es de esos momentos en que agradeces vivir en el centro porque si hubieras tenido que bajar tres veces a la misma farmacia se te habría caído ya la cara de vergüenza (y estarías convencida de que todo el pueblo sabe que vas por tu tercera prueba de embarazo). Este, en cambio, reconfirmó el primero: sí, estaba embarazada de 2-4 semanas (de momento. Ya os hablaré del sistema de semanas del embarazo, que tiene bastante de despropósito y, sobre todo, de incongruente).

Papá Monete y yo nos deslizamos por un tobogán de incredulidad y regocijo hasta una piscina donde, unos días después, me daría cuenta de que estábamos muy solos (de cómo, cuándo y a quién contárselo hablaré muy pronto también). Pero, de momento, sentíamos que era el principio del resto de nuestras vidas y lo único que se nos ocurrió fue hacernos un selfie para poder mostrarle a Monete algún día la pinta que tenían sus padres cuando se enteraron de que iban a serlo.

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Imagen de Rawpixel.com

¿Qué estamos haciendo aquí?

No os voy a mentir: Monete me hace asquerosamente feliz, pero eso no quita para que me lo haya montado realmente mal. Mi embarazo no fue, como suele esperarse, no ya la mejor etapa de mi vida, sino ni siquiera remotamente buena.

Como Mamá Monete creo que me lo estoy montando mejor, pero como Futura Mamá Monete fui bastante desastrosa.

Al poco de enterarme de que estaba embarazada planeé abrir este blog, pero una especie de aprensión, como si fuera a gafarlo, me impidió lanzarme a la piscina.

Ahora, con un Monete de cuatro meses que balbucea detrás de mí mientras escribo esto me dispongo a arrancar este blog con la sana intención de aprender de mis errores, de perdonarme por ellos y de impedir que otras personas puedan cometerlos.

La maternidad puede ser muy instintiva, pero vivimos en una sociedad donde el instinto se ha quedado relegado a un rincón y las prioridades y urgencias que nos marcamos pueden ser bastante incompatibles con disfrutar de la maternidad.

Pasé ocho meses (del primero no te enteras, claro) básicamente aterrada y muy confusa. Ojalá lo que os cuente aquí os ayude a no tener esa sensación, a que sea menos frecuente o, como mínimo, a convivir con ella mejor de lo que yo lo hice.