Acompañando a un bebé en el duelo

Este verano, diagnosticaron de un cáncer avanzado a uno de los abuelos de Monete.

Mitad deformación profesional, mitad convencimiento personal de que hay pocas cosas tan importantes en la educación como las enseñanzas emocionales, mi primer impulso fue leer todas las referencias sobre el duelo en niños que tenía en mis manos, y pedir algunas más (gracias, Twitter, por la inteligencia colectiva).

Mi primera sensación fue de falta de recursos. La mayoría de las referencias que tenía estaban dirigidas a niños algo más mayores. Cuentos, juegos y ritos que seguro que son útiles para otras edades, pero se sostienen sobre una capacidad de elaboración mucho mayor de la que Monete, con sus dos años y tres meses, puede tener, por más sensible y avispado que nos parezca.

«Los niños no se enteran»

Muchas de las reacciones tienden a agruparse en torno a esta frase.

«Los niños tan pequeños no comprenden la muerte».

Hasta ahí, totalmente de acuerdo. No en balde esta primavera Monete ha descubierto las hormigas y solo hemos conseguido que deje de aplastarlas explicándole que «se rompen y no se pueden arreglar». Ese concepto lo entiende: ha roto algunos juguetes y chupetes, y de hecho tiene tan buen conformar que él mismo los tira a la basura cuando nos tenemos que deshacer de esos objetos que para él han sido queridos, algo que hemos fomentado con el objetivo de que se familiarizase con lo irreversible de romper algo.

Pero los niños se enteran, claro que sí. Los niños sienten la pérdida, aunque tarden más en notarla, aunque la vivan de otra forma. Y los niños, sobre todo, se enteran de que los adultos de su entorno vamos de cabeza: tenemos cambios de humor, se alteran nuestras rutinas, hablamos de otra manera.

Mi impresión es que tras un «los niños tan pequeños no se enteran» lo que se suele esconder es una frustración adulta. La de no poder conectar con la vivencia que está teniendo la criatura, la de no saber cómo se puede acompañar o facilitar esa situación. Necesitamos creer que no se enteran para no plantearnos que no sabemos cómo explicarles, cómo ayudarles.

¿Cómo hacer que los niños se enteren?

Los adultos, tan lingüísticos, tan abstractos, tenemos serias dificultades para conectar con esa inmediatez y esa corporalidad que priman durante la infancia.

Donde el lenguaje se detiene, lo que sigue hablando es la conducta.

Françoise Dolto

Durante las primeras semanas de toma de conciencia de la enfermedad, esta frase de Dolto me daba vueltas sin parar en la cabeza. Y es que mientras pensábamos en cómo hablar con Monete de lo que estaba pasando, ya estábamos portándonos de otra manera.

Y como suele suceder con las conductas de los adultos, Monete lo reflejó, a su manera. Vinieron semanas de rabietas. De no querer comer. De pelear para que hiciera algunas de sus cosas favoritas. Y es que no le habíamos explicado por qué nos quedábamos solos por las tardes, por qué no podía ir al hospital con su padre, por qué este cuando llegaba estaba distinto, preocupado, irascible.

Así que lo primero fue explicarle que el abuelo estaba malito. Y aquí empiezan los escollos del lenguaje. Porque las criaturas son literales, porque están empezando a crear regularidades, y no es fácil explicar que uno se pone malito cuando come algo que no debe y luego le duele la tripa, pero también se pone muy malito y no se cura.

Cuando se trata de estas situaciones, es fundamental ser capaces de trazar diferencias para evitar que en el futuro tengan miedo de la enfermedad, propia y ajena: el lenguaje tiene que ser claro.

Hablamos del hospital, de por qué los niños no pueden ir (a pesar de que las escenas de Peppa Pig no nos lo pongan fácil), de que podíamos mandarle muchos besos al abuelo a través de papá. Hablamos de que papá estaba triste, y enfadado, y asustado, porque el abuelo no se iba a curar. Esas tardes en que estábamos los dos solos hablamos mucho, jugamos mucho, nos reímos mucho; y por las noches, cuando volvía su padre, multiplicamos los ratos que ellos pasaban juntos, los abrazos y los mimos, porque al principio sintió miedo al pensar que su padre estaba enfadado con él y necesitaba notar mucho más ese cariño físico.

Los niños, además de inmediatos y corporales, son egocéntricos. Acaban de descubrir hace nada que mamá y él no son la misma persona. ¿Cómo no van a pensar que todo lo que nos pasa tiene que ver con ellos?

Después de haber lidiado con un ánimo terrible durante el embarazo y el posparto, he procurado explicarle siempre que mamá a veces se enfada, se cansa y se pone triste sin que tenga que ver con él. Lo he hecho desde que tenía pocos meses, y, francamente, estoy con Dolto en que de alguna manera, ese esfuerzo por explicarles lo que nos pasa les ayuda a ellos. E incluso a nosotros.

¿Se puede preparar a un niño para afrontar la muerte de un ser querido?

Los adultos somos conscientes de nuestra mortalidad. Cuando nos encontramos con una situación como esta, somos particularmente conscientes de la mortalidad de nuestros seres queridos. Y sin embargo, cuando llega el momento, nos golpea y nos deja en una suerte de sensación de incredulidad.

Me preocupaba especialmente cómo hacer comprender a Monete cuando llegara el momento que la despedida sería definitiva. Su percepción del tiempo no es como la nuestra. Su percepción del «para siempre» no existe. ¿Qué hacer con eso?

Me recomendaron fijarme en la naturaleza, y por primera vez me alegré de que se me estuviera muriendo una planta. La reservé, en su maceta, para poder despedirnos de ella cuando llegara el momento; me pareció una idea fantástica. A la planta no tanto: decidió rebrotar unos días antes de que llegase el momento de despedirse.

Así que me quedé sin recurso visual, y no me quedó más remedio que acudir a las palabras. Y a su propia experiencia de la enfermedad del abuelo.

Durante estos meses, hemos ido a verles y ha ido viendo cómo necesitaba estar acostado, cómo no le apetecía comer. Un día, incluso, se enfadó porque el abuelo se había comido un yogur que quería él, y terminó diciendo «pero es que está malito».

Ha tenido un claro cambio: se ha mostrado más cuidadoso, paciente y comprensivo. Y estoy convencida de que tiene que ver con que él veía directamente el estado de su abuelo, lo que le ayudaba a irse adaptando.

A menudo, procuramos que las criaturas vivan de espaldas a lo que está sucediendo, que tengan un recuerdo de cuando quien murió estaba en plenas facultades, pero lo cierto es que siendo tan pequeños, la ventaja de que no tengan consciencia de la muerte es que tampoco les impresiona como a quienes somos adultos.

Para él, ir viendo al abuelito encontrarse peor le ha ayudado a entender la diferencia entre «estar malito» y «estar muy malito». A ver con sus propios ojos lo que estaba pasando, y no depender únicamente de lo que nosotros pudiéramos contarle y de lo que él pudiera imaginarse.

El duelo es un asunto personalísimo

Se supone que las fases del duelo son bastante similares, pero incluso cuando cumplimos a rajatabla el modelo de etapas y su orden, lo que cada persona necesita para transitarlas es único. Ante una pérdida, tú no reaccionas igual que tu pareja o tus amistades.

El problema con las criaturas es que es difícil «dejarles elegir», porque si nosotros como adultos no tenemos claro qué nos va a sentar mejor, ¿cómo van a saberlo quienes nunca se han enfrentado a una pérdida así?

Yo seguí apostando por esa experimentación en primera persona: porque viera, oyera, sintiera lo que estaba pasando. De hecho, la noche antes de la muerte, le dije que quizá quería despedirse del abuelo, porque podía ser la última vez.

Para mí fue impresionante y durísimo; de hecho, no ha faltado quien criticase la decisión. Quizás me equivoqué al tomarla. Pero él fue muy contento a despedirse (lo que sí tenía muy claro es que jamás le iba a forzar si no le apetecía o mostraba miedo), le besó y le dijo que le quería.

Quiero pensar que ese momento acompañó a su abuelo, y que hizo más fácil que Monete comprendiera que se estaba despidiendo para siempre, dentro de lo limitado que es su concepto de «para siempre». De hecho, no ha preguntado dónde estaba el abuelo cuando hemos vuelto a su casa.

¿Cómo gestionan las criaturas la pérdida?

Lo que sí hizo fueron dos cosas. Una, enfadarse muchísimo cuando unas tardes después, me tapé con una manta que solía utilizar su abuelo. Lloró, gritó, y aunque le intentamos explicar que el abuelito me la habría prestado y que él también la había usado a veces, al final tuvimos que doblarla y dejarla en su sitio. Para él esa manta era intocable, al menos en ese momento. Me pareció importante respetar esa forma de duelo.

Luego, al llegar a casa, curiosamente construyó una torre con sus bloques, como tantas otras veces… pero dijo que era la torre que sale en un cuadro que hizo su abuelo de su ciudad natal. Como si le homenajeara. Un nombre que no había utilizado nunca, para un juego que hasta ahora no había tenido relación alguna con aquel paisaje.

Y es que las criaturas asumen, comprenden, exteriorizan y sanan mediante el juego libre. He escuchado a Ibone Olza insistir en ello estos meses de pandemia tan difíciles de explicar también a la infancia; y he leído mucho sobre ello, tanto en clásicos como en manuales de técnicas terapéuticas para niños. Pero debo reconocer que fue impresionante verlo en casa. Y tranquilizador, en cierto modo. A su manera, parece que Monete está colocando el recuerdo de su abuelo donde para él debe estar.

Construyendo recuerdos

Sin embargo, también en esto de salvaguardar la memoria familiar es fácil proyectar. En mi caso, me obsesionaba la idea de que, con la edad de Monete, pueda no tener recuerdos de su abuelo, a pesar de la adoración mutua que se han tenido estos años. Algo que tiene mucho que ver con mi historia personal, con no haber conocido a mi abuelo paterno.

De hecho, en las navidades anteriores habíamos regalado a todos sus abuelos un libro-cuaderno para que escribieran recuerdos de sus infancias y juventudes que Monete pueda leer después. Un regalo que a mí me parecía precioso y que, sin embargo, a algunos les pareció de mal agüero: no me di cuenta de que mi afán literario y autobiográfico no es compartido, y que aquello podía parecer una forma de legado póstumo, y no un recopilatorio de anécdotas. De nuevo, proyecté más de la cuenta.

Y en esa línea, las últimas semanas del abuelo de Monete a mí me obsesionaba aquel cuaderno. Que lo rellenara, que no quedara nada por contar. Algo que él, una persona muy reservada y poco nostálgica, no tuvo ganas de hacer ni siquiera cuando se encontraba bien.

No caí en que vivimos en la era audiovisual, y que nuestros hijos e hijas acumulan ahora miles de fotos y vídeos por año. Yo echaba en falta el legado de mi abuelo, pero Monete tenía el del suyo en forma de álbum vivo. Y estoy segura de que eso será para él un tesoro más que suficiente.

¿Qué he aprendido con todo esto?

Comparto esta vivencia, incluso con una cierta vergüenza por lo que tiene de íntima, por si fuera de utilidad para otras familias.

Pero, desde luego, mi primer aprendizaje es un recordatorio en el que no he parado de insistir:

El duelo es un asunto personal e intransferible.

Lo que a nosotros nos ha venido bien puede no cuadrar en otras casas. Pero sí que me parece importante:

  • Usar las palabras claras y directas… aunque nos duela a los mayores. Es difícil hablar de que alguien va a morir frente a sus familiares adultos, que preferimos eufemismos como «irse» o «descansar». Pero ellos no comprenden los eufemismos. Necesitan ese acto de valentía descarnada.
  • Empezar por el dolor de las personas adultas. No podemos pedirnos una comunicación directa y sensible cuando estamos destrozadas. Encontrar espacios para el desahogo es fundamental para que podamos realizar nuestro propio camino emocional. Como de costumbre, hay que cuidarse para poder cuidar.
  • Intentar ponernos ojos infantiles. Recordar que ellos no entienden las cosas como lo hacemos cuando hemos crecido. Que pueden necesitar aclaraciones para algo que nos parecía obvio (como que no estamos enfadados con ellos). Que pueden necesitar decir o hacer cosas que para nosotros son inadecuadas o desagradable.
  • Acompañar sin forzar. Dejar espacio para que la criatura cuente cómo se siente, que haga preguntas, que pida cosas, en lugar de dar por sentados sus sentimientos, apabullarles con largas explicaciones u obligarles a algo que no les apetece por importante que nos parezca.

Seguro que podría haberlo hecho mejor. Como en casi todo, en la crianza aprendemos de la experiencia, y afortunadamente esto nunca nos había pasado antes. Pero al menos sé que he intentado hacerlo lo mejor posible y que seguiré aprendiendo para cuando en el futuro tengamos que afrontar otras pérdidas inevitables.

Y siento una enorme gratitud porque Monete haya tenido la oportunidad de conocer a su abuelo, aunque haya sido brevemente, y se hayan querido tantísimo durante estos años.