Aprendiendo a pasear

No sé en qué momento llegó mi vida la agorafobia. Sí sé que fue después de la fobia social. Sé que desde que recuerdo siento pavor a estar expuesta. Que estoy convencida de que cada grupo con el que me cruzo es una amenaza. Que si alguien me clava la mirada, se me olvida cómo se anda y luego me duelen las rodillas de soportar un peso imaginario. Que creo que los tenderos se reirán de mí por pedir en unidades y no en gramos. O por pedir en gramos y hacerlo mal. Que siempre llego tarde porque no me atrevo a esperar sola, temiendo que se fijen en mí, temiendo que me hayan dado plantón, temiendo haberme equivocado de sitio y hora.

Así que nunca supe pasear. Cómo iba a caminar por la calle sin poder justificarlo con un destino incuestionable. Cómo iba a exponerme, porque sí, sin que una obligación ineludible me obligara a ello.

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Antes del confinamiento, yo ya estaba confinada. Después de unos meses trabajando solo a distancia empecé a sentirme más ligera, más capaz. No tener que enfrentarme a todos esos miedos cada día, constantemente, me dejaba muchísima energía libre para todo lo demás. Empecé a trabajar como una fiera. Volví a estudiar. Tenía toda la energía mental y emocional que solía faltarme desde mi primera baja por ansiedad.

Pero las personas no estamos hechas para estar encerradas, ni para estar aisladas. Incluso alguien como yo, que no acusa apenas la pantalla mientras se está comunicando, podía ver eso.

Así que adopté un perro. Esperaba que me ayudase a madrugar, y no había forma de sacarle antes de las once de la mañana, así que era un plan con fisuras. Pero me obligaba a salir a la calle cada día. Y aunque me resistí con todas mis fuerzas a socializar en los paseos, terminé teniendo un grupo de parque. Y de ahí salió Papá Monete.

Luego llegó el embarazo, la ciática, la relaxina dejándome las caderas tan flojas que la perra (adoptada poco después del primero para aliviar su ansiedad por separación en las cada vez más escasas ocasiones en que se quedaba solo en casa) me descoyuntaba a cada tirón. Después, la lesión pélvica ignorada durante meses, las secuelas, el dolor insoportable la caminar.
Y así, mis paseos desaparecieron, los de Papá Monete se convirtieron en un circo de tres pistas, y los de Monete fueron mucho más escasos de lo saludable para cualquier bebé.

Ahora que tantos estamos familiarizados con lo que es cuidar y teletrabajar, no descubro nada si digo que el trabajo se fue comiendo cada pequeña franja de tiempo, expandiéndose como un gas. Nunca hubo tiempo para el paseo, como no lo había para la ducha, para las amistades o para las aficiones.
Y así han pasado los últimos dos años y medio, una jaula dorada que no parece jaula, porque somos de los afortunados con terraza.
Así que llevo dos meses diciéndome que no necesito salir. Que cuanto menos salgamos, menos posibilidades de coger el bicho. He sido con Monete, sí, menos veces de las que se cuentan con una mano, por disfrutar de su cara mientras monta en bici.
Pero y yo, qué.
Ahora que todo el mundo aprende a salir a la vez, ahora que todos nos miramos raro, ahora que a todos nos juzga la policía de balcón, ahora me he propuesto aprender a pasear yo también.
Despacito y con ruedines, de momento; voy escribiendo mientras ando, como si evitando mirar alrededor lo de fuera no pudiera dañarme. Ahorrándome la vista de toda esa gente que se salta las normas y me hace pensar que esto va para largo, esa idea que me hizo perder del todo los nervios hace dos días.
Pero resuelta a asumir, de una vez, que la calle también es mía y que incluso las personas que sobrevivimos bien en cautividad estaríamos mejor si fuéramos más libres.