La épica de lo invisible

Se cumplen dos meses desde el cierre de colegios en Madrid, y sobre las familias pesa la incertidumbre de qué pasará el próximo curso. En muchas comunidades autónomas el proceso de escolarización sigue parado, quienes ya tenían un centro escolar no saben en qué condiciones se dará la vuelta, y tomar decisiones se complica ante tanta incertidumbre. Muchas personas empiezan a tomar acciones sobre aquello en lo que sí tienen control: planifican excedencias, reducen jornadas, abandonan sus empleos o la búsqueda de uno.

Decíamos cuando empezó la cuarentena que esto iba a ser una excelente oportunidad de aprendizaje sobre muchas cosas. No sé cuánto hemos aprendido (psicológicamente no es la mejor situación para aprender; bastante hacemos con resistir) pero sí parece que al menos estamos poniendo sobre la mesa los malabares que veníamos haciendo y que hasta ahora evitábamos mirar.

Las discusiones sobre si los centros educativos tienen que ser o no espacios de cuidado o hasta qué punto es sostenible nuestro sistema productivo sin la explotación sistemática de los abuelos copan las redes sociales. Pero se habla poco de la organización de los procesos de trabajo, de la cultura de urgencia que nos devora; del daño que hace el «esto para ayer» independientemente de que trabajes ocho o cuatro horas, de que lo hagas en casa o fuera. Ojalá hubiésemos aprendido, realmente, a ponernos en pausa y a movernos a cámara lenta.

¿Cómo nos contaremos la cuarentena?

La frase «algún día nos reiremos de todo esto» me ha molestado toda la vida. No me río de haber sufrido acoso escolar. No me río de haber tenido que estar de baja por ansiedad y depresión. No me río de haber salido de una relación de maltrato. No, hay cosas de las que una no se ríe nunca por más años que pasen.

No creo que nos lleguemos a reír de lo que hemos vivido (no más de lo que nos reímos ahora, quiero decir; por supuesto que el humor es muy útil para asumir situaciones tan complicadas), pero sí tengo una enorme curiosidad por ver cómo hablamos de esto dentro de unos años.

Mi hipótesis es que nos costará recordar este periodo. Porque lo que hacemos no nos parece digno de ser contado.

Levantarse antes que los peques para sacar un rato para trabajar, poner desayunos y lavadoras, salir por turnos a sacar a los perros o a comprar, procurar hacer algo de ejercicio a pesar de la falta de tiempo y de espacio, considerar un lujo poder pasear una hora o haber sacado un hueco para una ducha tranquila, gritarnos por videoconferencia (¿conseguiremos en algún momento aprender a mantener un volumen normal durante las videollamadas?), aprovechar la siesta para adelantar trabajo, jugar sin prisas, intentar esclarecer las contradictorias indicaciones de cómo se lleva una mascarilla, pelear con este tiempo de textura extraña para conseguir darle forma de rutina.

Llegar al final del día agotadas, nerviosas. No saber desconectar y no saber con qué exactamente estamos conectadas: no conseguir concentrarnos pero tampoco poder distraernos. No ser capaces de leer, mientras por dentro nos bombardea la pregunta de en qué se nos ha ido el día. Tener sueños extraños, cuando conseguimos vencer las dificultades para dormir. Y luego, un día más.

¿En qué se nos ha ido el día?

Nuestros días están aparentemente vacíos porque nos cuesta contárnoslos. Porque no tienen estructura, no tienen un principio ni se orientan hacia el final. Vuelven sobre sí mismos.

Pero están llenos, continuamente: porque cuidar es un trabajo de 24 horas y ahora no tenemos tiempos que nos saquen de él. Aunque nos parezca que no porque ese trabajo no se orienta a los logros, las entregas o las prisas sino al estar, al sentir, al responder.

La ilusión del teletrabajo como forma de conciliar se nos resquebraja: cada noche somos conscientes de que no podemos estar en dos sitios a la vez. Cada mañana, sin embargo, nos levantamos pensando que «esta vez sí»: nuevas formas de organización, nuevas ideas de reparto del tiempo.

Al escribir sobre maternidad y literatura recogía la reflexión (que ha hecho gente con mucho más conocimiento que yo) sobre la ausencia de las vivencias de las madres en la narrativa. Estas semanas, que intentaba leer la segunda parte de la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea, le doy vueltas con más fuerza a esa idea. Cuántas historias habré leído sobre la insoportable rutina del servicio militar, y por qué ese tema sí que es «digno».

Hay muchos paralelismos. Las rutinas, la imposición de límites, las tareas de cuidados, aparecen en esa narrativa de cuartel pero cuesta sacarlas fuera cuando hablamos de crianza.

Mi sensación es que nos falta épica. No tenemos enemigos, no nos esperan grandes batallas, así que parece que no tenemos «derecho» a estar en tensión o a tener miedo. «En este horror no hay literatura», que decía Nacho Vegas. ¿Seguro que no?

Las «batallitas» de cuando seamos abuelas

Cuando se habla de coronavirus, el lenguaje bélico está a la orden del día. Los profesionales sanitarios se presentan como héroes de guerra. El virus es un enemigo invisible e implacable. Convertimos el civismo en «unirnos en un frente común»; ¡un frente! Quienes enferman y reciben el alta «ganan la batalla» a la enfermedad.

Vemos a grupos de gente saliendo a celebrar las fiestas del barrio, haciendo corrillos, poniendo música en los balcones. Nos horroriza la falta de responsabilidad para con todos, pero bajo eso hay también un cierto espíritu de huir hacia delante, de espantar el miedo, de los felices años veinte que dan la espalda a la realidad de una posguerra.

Cuando Monete me pregunte dentro de unos años sobre todo esto, seguramente me parezca que no fue para tanto. Necesitamos creer que no es para tanto. Cuántos caímos en repetirnos el mantra de que «era una gripe» y solo había que tener un poco de cuidado para no cogerla; cómo enfrentarnos a la enorme vulnerabilidad de la amenaza que se nos venía encima.

No sé si le contaré que tenía la sensación de que la vida se había puesto en pausa y al mismo tiempo se me escapaba entre los dedos, que todos esos cambios y logros a los que me aferraba desde antes de que naciera y que me hacían sentir que volvía a parecerme a mí misma se pospusieron otra vez, que sentía que todo lo que hacía era frívolo y absurdo, que me limitaba a apretar los dientes hasta que el dolor era insoportable.

Y que tenía mucho, mucho miedo de haberle traído a un mundo en el que ya no sabía si iba a saber acompañarle. Que me moría de pena de pensar en que los encierros se convirtieran en algo común. Que lloraba muchas veces cuando no me veía porque me sentía incapaz de protegerle.

Seguramente le contaré que hubo carestía de papel higiénico y de harina de fuerza, porque es fácil de imaginar y porque no nos faltaron ni uno ni la otra. Le contaré su cumpleaños virtualizado, pero seguro que se me olvida que gracias a la tarta se le deshizo el nudo del estómago y terminó una de sus huelgas de hambre más largas. Hablaremos de los aplausos, porque los rituales se recuerdan mejor, de cómo los aprovechaba para dar conciertos a voces y así sentir que luego le aplaudían a él, que gritaba «otra, otra», porque es divertido. Le contaré que no quería que trabajase, porque entonces sí entenderá que no es algo que yo haga porque lo prefiera a estar con él.

Pero no le hablaré de la nostalgia, de la culpa, del cansancio, del aburrimiento; porque, al fin y al cabo, ¿no es eso vivir cada día?

Quizá ese es el problema: lo que nos cuesta aceptar que vivir cada día, a veces, es la única historia. Puede que empezar a considerarla una narrativa tan válida como cualquier otra ayude un poco a llenar el vacío; también cuando todo esto pase. Que pasará.