Cumpleaños en suspenso

Cumpliremos los 40 días encerrados el día del cumpleaños de Monete.

Es algo que tenía en mente desde que cerraron los colegios, la verdad. Inmediatamente pensé en otro de los «encierros» de mi vida, cuando me partí un pie hace unos años, y recordé cómo cada visita al traumatólogo su sonrisa al decirme «estupendo; pues nos vemos en dos semanas» me parecía una ofensa y me sacaba de mis casillas, así que desde el principio me planteé que no podía vivir de prórroga quincenal en prórroga quincenal (aunque para otras personas sea precisamente lo que les ayuda a sostenerse… Cada una somos un mundo). Miré a Wuhan, hice cálculos, asumí que pasaríamos encerrados, al menos, el cumple del bebé, y muy probablemente el de su padre.

Pero el caso es que ahora se acerca ese momento y duele. Y cada día me planteo una forma diferente de gestionarlo.

¿Sabe mi hijo que es su cumpleaños? Por supuesto que no

Unas veces pienso que, por favor, son dos años, que no sabe los días de la semana, que para él no es significativo. Que esperaremos a poder salir, celebraremos una merienda con toda la familia, y tendrá los regalos que sean, todos a la vez. Que será mucho más confuso para él si el día de su cumpleaños cantamos y le damos regalos pero no hacemos fiesta y de pronto semanas después nos reunimos con la familia y empezamos otra vez con el espectáculo, tarta, familia, protagonismo absoluto. Ya cuando empezó todo tuvo unos días de querer regalos a todas horas por haberse juntado varias celebraciones familiares seguidas…

Y luego, me confieso. Y reconozco que quiero celebrar el día que nació Monete, sobre todo, por mí. Porque las fechas para los adultos sí son relevantes. Porque su primer cumpleaños para mí era importantísimo y terminó siendo una catástrofe por cuestiones que no vienen al caso. Y pensaba que este año podría celebrar su nacimiento, por primera vez, sin dolor y sin estar deprimida, alegrándome de compartir esa fecha con otras personas. Quería pasar la página de un puerperio muy difícil. Y para mí, adicta a la gestión del tiempo, no da igual un día que otro. No nos engañemos.

Y entonces pienso en soluciones parche: recuerdo que la vecina ya me ha preguntado qué día es porque quiere cantarle cuando salgamos a aplaudir. Me imagino poniendo globos en la terraza, colgando, quizá, una pancarta (¿por qué todo el mundo tiene sábanas blancas y pinturas con las que hacer pancartas en un momento así?) advirtiendo a quienes viven al otro lado de la calle. Imagino a Monete siendo el protagonista absoluto de ese ritual y me parece precioso, sin darme cuenta de que ya tiene días en los que agradece los aplausos como si fueran para él.

Pienso en sacar del armario la bici que habíamos encargado para su cumple y dejarle que corra con ella aunque sea por el pasillo, sin pensar en que ya tiene un triciclo para esa función y que lo que realmente le apetece es salir con ella calle abajo. Es más: salir calle abajo, incluso sin bici. «A manita».

Hacer una tarta (me recuerdo ahora preguntando en la guarde si podíamos llevar una tarta para todos el día de su cumple y siento que hace siglos de aquello). Celebrar, otra vez, su cumpleaños nosotros solos, y esperar a que todo esto pase para repetirlo con el resto de la familia. Hacer trampas, sucedáneos, una fiesta que no es por él sino por mí.

Cuando soy consciente, vuelvo a mi plan inicial, y a pensar que esperaremos, y a ponerme triste.

¿Son ellos los que llevan mal la cuarentena o somos nosotros?

Y este proceso creo que resume bastante estos casi cuarenta días. Estas semanas me han permitido hacer algunas cosas que estaban aparcadas hace tiempo, y, sobre todo, tener tiempo para pensar. Pero hacerlo en estas condiciones no me parece garantía de gran cosa, la verdad. Me cuesta tomar decisiones. Me cuesta seguirlas, una vez tomadas, como si no me fiara de mi criterio, como si la persona que llegó a una conclusión ayer no fuera la persona que soy hoy.

Me pone tristísima pensar en cosas que, con un poco más de distancia, sé que no son graves o, en algunos casos, que ni siquiera están pasando (he vuelto a tenerle un pánico inenarrable a la idea de que Monete se caiga por la terraza y he pasado varias noches en vela tras tener pesadillas con esa visión). Me cuesta ver a Monete tal cual es, y no proyectar sobre él cosas que en realidad son mis pensamientos de adulta retorciéndose para parecer los suyos.

Monete llevó muy bien las primeras semanas de confinamiento. Ahora ya no estoy tan segura.

A veces junta a sus muñecos y dice que son amigos y están en el cole. Yo también he celebrado la vuelta al trabajo después de semana santa porque al menos genera una rutina y obliga a pensar en cosas diferentes. Pregunta insistentemente por su carro. Pero incluso con mi fobia a los supermercados yo también pienso en excusas para dar una vuelta por la calle (aunque luego no lo haga). Ya no le gustan las videoconferencias. Pero quién no está hasta las narices de videoconferencias después de tantas semanas, la verdad.

Unos días le divierte salir a aplaudir. Otros se enfada muchísimo porque con los aplausos empieza también en casa un concierto de ladridos bastante difícil de aguantar con los nervios de punta.

Está en pleno momento de movimiento incesante, y eso nos tranquiliza porque también está atravesando una huelga de hambre (lo que implica que tampoco duerme en condiciones), pero también es desesperante que ese movimiento consista en trepar sobre nosotros a todas horas del día. Y aquí volvemos a si el problema lo tiene él (que no deja de ser un bebé privilegiado que puede salir a airearse y tomar algo de sol a la terraza) o más bien es nuestro.

Tenemos moratones en todo el cuerpo, unas ojeras enormes, un nubarrón de «y si…» sobrevolándonos cada vez que pensamos en el trabajo, un aburrimiento transformado en desidia que hace difícil salir del bucle y mucha menos paciencia que antes.

Pero también tenemos un monito que ha elegido este momento para romper a hablar constantemente, que baila y toca todos los instrumentos que se encuentra, que tiene una sonrisa fascinante, que sabe pedir perdón y dar abrazos cuando te ha sacado de tus casillas, y cómo pedirte las cosas que quiere como si fueran derechos inalienables, y que nos lanza besos desde el pasillo.

Y estoy deseando que todo esto termine para poder celebrarlo por todo lo alto.