Todo lo hago mal

Después de haber pasado el que suele ser mi peor momento del año (el otoño) sin medicación, empecé el año con muchísimo optimismo.

Me sentía omnipotente y no paraba de pensar en todos los pequeños cambios que quería ir incorporando a mis rutinas para intentar que mi vida se fuera pareciendo algo más a la que era antes de zambullirse en el caos de la crianza.

El problema es que se me olvidó que sigo inmersa en ese caos… y que hay que asumir que una está nadando en él por mucho tiempo.

¿Cómo cuidarte cuando eres madre?

Empecé la semana escuchando la entrevista que han hecho en Madresfera a Ibone Olza.

Como de costumbre, tocó con su extraordinaria sensibilidad todo tipo de temas sobre salud mental perinatal y los fenómenos que la rodean, pero en esta ocasión me quedo con una reflexión final: la que hicieron Mónica y ella sobre la culpa y el autocuidado.

Esta mañana en Malasmadres presentaban un estudio por el cual las madres dedican menos de una hora semanal a su cuidado personal. Puede parecer una exageración, pero, francamente, esta semana cuento como victorias haber conseguido lavarme el pelo (mal) y haber podido depilarme las cejas mientras me lavaba los dientes.

 

¿Tienes ansiedad? No tengas ansiedad

He empezado el año con un virus que me ha tenido «pregriposa» cuatro semanas completas, y, aun así, aprovechando que Papá Monete tenía tres semanas de vacaciones para ponerme las pilas. Entregas de trabajo pendientes, correcciones de final de semestre, y, claro, la tesis: ese proyecto que empecé hace diez años, una carrera, un bebé y tres perros y cuya fecha tope para depósito es dentro de once meses.

Con lo cual, en cuanto ha venido la rutina, me ha caído como una losa sobre el cansancio acumulado y un sobresalto en mi entorno que me ha terminado de drenar las energías que me quedaban.

Cuando lo explico así, lo veo muy evidente. Creo que cualquier persona que hubiera atravesado mis tres últimos años estaría, también, en las últimas y cualquier cosa podría ser la gota que colmase el vaso.

Pero la ansiedad es muy puñetera, porque para mantenerse viva necesita recordarte continuamente que no tienes capacidad de afrontar tu propia vida, y que una catástrofe está sucediendo o a punto de hacerlo. La burbuja del alquiler en Madrid. El apocalipsis climático. Darle la cena demasiado tarde a Monete. Llega un punto en el que todos estos sucesos parecen equiprobables, igualmente graves, y, por supuesto, culpa tuya.

Naomi August

Uno de los primeros retos a los que debo enfrentarme cuando entro en un periodo como este es el de que hay muchísimas variables que no puedo controlar. Pero asumir la pérdida de control ha sido una de las cosas más trabajosas para mí como madre, ya desde el embarazo. 

Puedes hacerlo todo estupendamente… y que al final salga mal. Pero es que puedes hacerlo todo regular, tirando a mal… y que no pase absolutamente nada.

El famoso «tranquilízate» o «tómate las cosas con perspectiva» no sirve de mucho cuando realmente has llegado al límite. Muchas veces, por más perspectiva que tomes, tu situación es extremadamente difícil, y no se trata de que percibas tu vida como un problema sin solución, sino de que realmente hay muchas cosas que no se pueden solucionar.

Lo que nos queda por saber es qué vamos a hacer con las demás.

Un poco mejor cada día

Paseo por Twitter y veo mi timeline lleno de madres que no paran de exigirse más, y más. Las que hacemos repaso de tareas cumplidas al final del día o de la mañana porque necesitamos recordar que hay un motivo detrás de nuestro cansancio. Las que nos enfadamos con nosotras mismas por la falta de constancia en instaurar hábitos para nuestras criaturas (y somos las mismas que no hemos conseguido adoptar hábitos positivos para nosotras mismas). Las que nos quedamos hechas polvo cuando en un momento dado somos ásperas con nuestros bebés. Las que nos escondemos a llorar en el baño porque no queremos perder los nervios frente a ellos.

Y al día siguiente, nuevos propósitos: no vamos a caer en ni una sola de las cosas que hicimos mal ayer. Incluso si todo ha ido bien: el día siguiente debe ser otro pasito hacia ser perfectas.

Si hemos sido súper productivas, mantener el estándar de tareas tachadas de la lista, y, por qué no, emprender un proyecto mayor. Si hemos conseguido que la criatura se duerma a una hora estupenda, adelantarla quince minutos, acortar el rato de acompañarla mientras lo hacía. Si hemos sido encantadoras con todo el mundo, mañana ampliar nuestro círculo social. Si hemos terminado explotando, no volver a explotar más. Y, para ello, claro, nuevos deberes: lo que necesito es hacer ejercicio / salir de casa / disfrutar de mis aficiones / (inserte aquí nueva obligación).

El autocuidado necesita realismo

Francamente, no podemos seguir así. Tenemos que hacer cosas bien, cosas regular y cosas mal. Ser unas cocineras desastrosas, unas dormilonas que odian el despertador, unas estiradas que no tienen ganas de relacionarse con el resto de familias de la guarde, unas bordes con nuestra familia de origen, unas descastadas con nuestras amistades, unas profesionales mediocres. Ay, la mediocridad, qué mala fama tiene, cuando es imprescindible e inevitable.

Somos extremadamente conscientes de la importancia que tienen estos años en las criaturas a las que cuidamos y estamos dejándonos la piel en garantizarles una experiencia perfecta. Asistiendo a talleres de crianza, leyéndonos cuanto cae en nuestras manos, pidiendo asesoramiento continuo a otras familias de nuestro entorno, sintiéndonos juzgadas hasta por los desconocidos.

Hace dos semanas, mientras hablaba de Monete con una mujer que es una auténtica experta en infancia y crianza, me preguntó: «Pero… ¿lo disfrutas?». Y me tiró abajo el castillo de naipes.

En toda esa revisión de cómo somos como madres, ¿nos preguntamos cómo somos con nosotras mismas?

Porque, si soy sincera conmigo misma, sé que estoy dando lo mejor de mí como madre, pero también sé que ese proceso no está siendo gratificante la mayor parte del tiempo. Porque me vigilo, me puntúo, no valoro mis pequeñas victorias, me pongo metas cada vez más ambiciosas.

Y, francamente, estoy harta de poder con todo.

Así que mis nuevos propósitos de año nuevo son apretar los dientes ante todo lo que no puedo evitar, descansar en cada rato diminuto que encuentre, y, sobre todo, abrazar mi imperfección.

Porque si siempre quieres hacerlo mejor, terminas pensando que todo lo haces mal. 

Y eso no te atreverías a decírselo a tu bebé…. ¿a que no? 

Pues no se lo digas a su madre.