¿Y qué preferís, niño o niña? Bebés, género y duelo

Esta es la típica entrada de las de «hacer amigos»: soy feminista.

Soy feminista y aunque soy cis (es decir, que al nacer dijeron que sería mujer… y acertaron) soy consciente de lo increíblemente mal que a día de hoy lo pasan muchas personas trans (es decir: todas aquellas a las que al nacer les explicaron que formaban parte de un género… y se equivocaron) por lo cerradas de mente que somos las demás y la violencia y la represión que ejercemos con todas aquellas personas que nos rompen los esquemas.

Soy feminista y todo lo que he aprendido de este movimiento y esta lucha me ha enseñado a ponerle palabras a lo innecesariamente difícil que ha sido para mí la vida porque, efectivamente, fui niña y soy mujer.

Soy feminista y considero que los roles de género que nos enseñan desde pequeños nos condicionan interna y externamente y contribuyen a sostener un mundo desigual.

Y soy feminista pero también soy una persona, y también soy irracional, y también siento cosas que van en contra de lo que creo firmemente que debería ser.

Mi niña soñada y yo

Así que siempre que me había imaginado como madre, me había imaginado como madre de una niña. Una niña pelirroja (soñar es gratis, dejadme), con coletas altas y vestidos (con mallas, para que pudiera jugar como la pequeña criatura salvaje que debe ser cualquier niña de esas edades… pero vestidos).

Estaba tan convencida de que mi bebé sería una niña, que en cuanto salimos de la primera ecografía y nos confirmaron el latido, Papá Monete y yo fuimos de cabeza a una librería a por los Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, que era, por supuesto, lo que le leeríamos a nuestra hija antes de dormir para que aprendiera desde pequeña a pelear con todas las barreras que se encontraría por ser una niña.

El problema fue que cuando llegamos a la famosa ecografía de la semana 20, esa a la que llaman «ecografía morfológica» y en la que es tan importante cómo esté de formado el feto, pero a la que todos vamos ya pensando en el género del bebé; entre otras cosas porque todo nuestro entorno nos ha preguntado doscientas veces si sabemos ya si la criatura es niño o niña…

Cuando tú ves esta preciosidad, ¿sabes si es niño o niña? ¿Te importa? ¿Podemos dejar de preguntar y preguntarnos por los genitales de los bebés, por favor y gracias?

Mi niña tenía pene.

Algo que, por supuesto, no quería decir que mi niña fuera un niño… Pero de momento y mientras no pudiera decirnos otra cosa, mucho me temía que mi niña parecía un niño. Que tendría que cambiar su precioso nombre por el único nombre de niño que me gusta (no descarto que mi preferencia por las niñas tenga que ver con otro motivo tan idiota como ese, el de la variedad de nombres de niñas que me encantaría usar). Que nada de vestidos (de momento). Y que qué iba a hacer yo con sus cuentos de buenas noches, ahora.

La maternidad es algo tan animal, tan emotivo, que muchas veces te empuja hacia cosas que racionalmente te parecen ridículas.

Admiro profundamente a las familias que eligen nombres agénero (el de Monete, en cierto modo, lo es), que no condicionan a sus criaturas, permitiendo que, cuando tienen edad suficiente, sean ellas quienes digan si se identifican o no con un género y con cuál.

Soy una gran cobarde, y por eso ese modelo de crianza que me parece admirable no iba a ser el mío (demasiada presión alrededor, demasiado débil para luchar contra ella); sin embargo, pareciéndome ideal, ¿cómo era posible que estuviera inmensamente decepcionada?

La maternidad y sus mil duelos

Pues el caso es que lo estaba.

Porque la maternidad va (también) de eso. De una serie de ideas preconcebidas que vamos construyendo en nuestra cabeza desde el principio de nuestra vida, de una serie de herencias emocionales y biográficas que nos empeñamos en sanar a través de nuestros hijos (aunque sea injusto, aunque sea imposible). De una serie de expectativas que nos llevan a imaginarnos a nuestra descendencia ideal (y nuestro papel como sus padres y madres). Y de la bofetada de realidad que te vas pegando conforme la criatura va creciendo (incluso antes de nacer), cuando la vas conociendo.

La maternidad es una larguísima sucesión de pequeños duelos, me dijo mi terapeuta una vez, y vuelvo a esa frase de cuando en cuando porque me parece de las definiciones más sagaces que hay sobre esta experiencia.

Me costó mucho trabajo reconocer que lo que atravesaba era un duelo. No olvidemos que, al fin y al cabo, una de sus fases es la negación; cómo podía yo estar triste por una chorrada tan grande como esa. Algunas personas incluso me dijeron que era afortunada, «es mucho más fácil para una feminista criar a un niño»; otras, que los afortunados eran los demás, «hacen falta muchos niños criados por familias feministas para conseguir la igualdad».

Probablemente esto es lo único que debería importarte sobre el género de mi descendencia: que se implique en que todas las personas vivan el suyo en paz.

Una madre reciente, una de esas personas que Internet te regala a pesar de lo bizarra que pueda ser la relación con ella fuera de las pantallas (que lo es) tuvo la valentía de reconocer ciertas «pistas» en mi anuncio en Facebook y escribirme. Me reconoció que cuando vivió lo mismo se murió de miedo. Que no encontraba referencias para criar a un niño conforme a nuestras creencias (para criar niñas feministas hay en cambio montones, y muy buenas).

Qué suerte: descubrí a mi niño real

Reconocerme en esa madre como en un espejo (qué importantes las otras madres en nuestro convertirnos en madres, también) me permitió reconocer mi duelo. Por ridículo que me pareciera, es lo que era: estaba enfrentándome a la pérdida de mi hija imaginaria, sobre todo por lo convencida que estaba, ya entonces (aún lo estoy, quién sabe en unos años), de que sería mi único embarazo. Mi niña soñada no existiría nunca. Me enfadé, me entristecí, me agarré a la idea de que igual le estábamos asignando un género que no era el suyo…

Pero también pasó algo que me fue muy útil: no tenía un niño soñado. Así que empecé a dejar de esperar. Me liberé de todas mis ilusiones acerca de mi hija, y, cuando nació Monete, estaba preparada para recibirle con la mente abierta, para conocerle, para descubrirle.

Y, la verdad, creo que es el mejor recibimiento que podemos tener.